sábado, 8 de septiembre de 2012

QUERIDO DIARIO (7/9/12):









      Ayer, mientras me secaba parsimoniosamente las bolas en la banca del gimnasio, apareció una loca arrastrando su gigantesco bolso con el cuello. Tenía aspecto de muy fatigada. Concentrada en ordenar sus cositas en el locker, se puso los lentes de ver de lejos, me miró y me gritó desde el otro extremo del vestidor:
-   ¡Ricardooooo!
      Inmediatamente flanqueo las bancas intermedias y a sus ocupantes, haciendo un gran jetè de antología, muy a lo Maya Plisétskaya. Iba a decirle que no me llamo Ricardo, que se había confundido de persona, pero la loca me abrazó y me pegó par de besos.
-   ¡Dos besos, cariño, que dicen que uno solo trae mala suerte! –me aseguró- ¡Tanto tiempo sin verte, Ricardo. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Sigues trabajando en lo mismo?
-   Eh…sí, en lo mismo –respondí un tanto consternado por la confusión.
-   Ah, en lo de la pizzas…qué bien.
      Metí la mano en mi bolso y aproveché para botar una caja vacía de condones LifeStyles Nuda que por alguna extraña razón había llegado ahí. En realidad buscaba un pretexto para no mirar de frente a la efusiva loca.
-   ¿Usas esos condones? ¿Cómo se te ocurre? –dijo a todo gaznate el maricón-. No tienes que ocupar esos. Son malos. Te dejan el poto adolorido cuando te la meten.
-   Ya, pero es que yo…por distintas razones, como que no suelo pasar el poto… con frecuencia.
-   ¡Por favor, Ricardo, que nos conocemos bien! ¿Qué hay de malo en que te guste que te lo pongan?
-   No, si no digo que sea malo; es solo que yo…no soy…
-   Mira – interrumpió la loca mientras arrastraba hacia mi su gigantesco bolso/campamento- Te regalo esto.
      Me dio dos bolsitas blancas, llenas de lo que, al tacto, me parecieron alfajores.
-   Gracias. Te pasate – le dije- me los comeré después de almuerzo.
-   ¡Sigues tan pavo como siempre, Ricardo! ¡Son condones y lubricantes! A mi me lo dan gratis en el hospital. Úsalos, que siempre andas con problemas por allá atrás. Gracias a Dios que no padezco de eso. Me dilato super bien.
      Era el momento de gritarle que NO me llamo Ricardo. Que debido a la falta de voluntad de mis parejas sexuales, JAMÁS me introducen nada por el culo, ni siquiera un mal pensamiento. Que no trabajo en una pizzería. Que no quería sus condones. Que ardía de rabia a causa de la bochornosa confusión.
-   Ricardo… - chilló la loca con cara de posea- ¡estás muy rojo! ¡Qué espanto!
(Lo admito. La loca me había vencido. Miré al piso y dije, casi avergonzado):
-   Tengo…alergias varias. Acabo de untarme mi crema hidratante. Me deja la cara roja como…
-   ¿Ya viste a un inmonólogo?
-   ¿A un inmunólogo? – pregunté, tratando de adivinar cierto toque de maledicencia en su pregunta.
-   No. Aun no he ido a ver uno, pero con esta vida que llevo, seguramente tendré que buscarme uno pronto…qué chistoso, ¿verdad?
-   Ese es un mal chiste, Ricardo…
-   ¿Cuál?
-   Relacionar "el chiste"* con el otro "chiste" y con el inmunólogo. Tú ya deberías tenerlo.
-   ¿Tener qué? –pregunté visiblemente preocupado.
-   Un inmonólgo, cariño. Mira, te voy a llamar para presentarte a la mía. Es muy joven, pero las cacha todas. Trabaja en el Clínico de la Universidad de Chile. Allá me atiendo yo.
-   Que bien…
-   Por ahora, toma estas pastillas de Zival – dijo la loca, metiendo otra vez la mano en su bolso/tienda de campaña- Son los últimos antialérgicos que salieron al mercado.
-   De ningún modo. No puedo aceptarlos. Deben ser muy caros.
-   Tranquilo, Ricardo, que usted me salvó aquella vez y le estoy muy agradecido.
-   ¿Yo? –inquirí- ¿Cuál vez?
-   ¡Que eres pavo, Ricardo, no cambias! Cuando mi gonorrea allá –la loca se señaló el culo-. Tú me pasaste aquellas maravillosas pastillas en casa de la Fern, ¿qué no te acuerdas?
-   Intento no recordar esas cosas…ya sabes…por aquello de los caballeros y la memoria.
-   Como sea, Ricardo. ¿sigues teniendo el mismo número?
-   ¡Si - le dije, ya con taquicardia- ¡Llámame a ese mismo!
-   Perfecto…-comentó la loca mientras se aplicaba en ordenar minuciosamente en el locker el contenido de su gigantesco bolso.
      Me despedí de ella –con dos besos, pues uno era de mala suerte- y miré por ultima vez la cara de los pobres tipos que compartían el vestidor, hablando de futbol, cuando llegó la loca del bolso con sus condones, antialérgicos, chistes e imonólogos.
Estoy seguro que nunca más volverán a gimnasio. Si lo hacen, se irá a casa sin ducharse.

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