sábado, 13 de octubre de 2012

QUERIDO DIARIO (13/10/12):


      A la infausta preocupación que siento por no saber de la salud de el comandante en Jefe Fidel Castro, se suma ahora el hecho de tener recurrentes sueños con Cuba y en especial, con personas que ya creía desterradas de mi no menos infausto subconsciente. La culpa la tiene, de una parte Roland Grainger y de la otra, Cristián Munita
      El primero me habla todos los días de Radio Ciudad de La Habana. Me tortura con el nombre de mi ex directora, la Compañera Palac
ios y con cada uno de los proletarios de aquella estación de radial. 
      Anoche soñé con La Palacios, con una transmisión streaming que no funcionaba y con un joven que moría delante de mi, en una camilla, conectado a varias máquinas de soporte vital, dentro del cubículo de edición de Marina Vicente. 
      Era yo quien debía decidir reanimarlo -no lo hice - y dar la noticias a los miembros de su grupo de salsa -eran músicos-.
Antes de declararlo muerto -tenia pinta de estarlo casi del todo- debería desconectarlo, extraer los tubos de ventilación y las agujas. 
      Entonces apareció La Palacios y me pregunto sobre el paciente. 
      - Se nota algo difunto -le dije- deberíamos ahorrar un poco de electricidad. 
      La Palacios desconectó las máquinas del enchufe, igual que en esas películas de enfermeras malas que dan en el cable.
      Todo iba bien, normal, como cuando uno decide dejar morir a alguien, hasta que le pedí guantes a La Palacios para limpiar el cuerpo y sacarle los tubos. Pero...¡Oh, fatalidad! ¡Estaba en Cuba!. No había guantes quirúrgicos. Debía, pues, limpiar el cuerpo a mano pelada, algo que me produjo profundo asco.
      Entonces lo pensé mejor y decidí echar a andar de nuevo las máquinas. Si no lo declaraba muerto al muerto, no tendría que limpiar el cadáver sin guantes, así que revertí el proceso y dije, muy alegremente a los del grupo de salsa: " ¡ha vuelto respirar! ¡Es un milagro!".
      En realidad el tipo me parecía algo difunto, aunque no del todo, pero eso da lo mismo. Tampoco respiraba sin auxilio de las máquinas. 
      No se por qué me cuestiono esas cosas. ¿Quién repara en la vida de otro ser humanó cuando le faltan guantes para tocar las inmundicias que éste genera? Nadie, desde luego. 
      Y hablando de cosas que inducen al vómito, al finalizar el sueño, desperté, abrí los ojos y vi salir del baño a Cristan Munita, envuelto en una toalla de las que venden en La Vega Central, de esas que vienen con la cara de Michael Jackson, impresa en vívidos colores, con su nariz estúpidamente perfecta.
      Como sí ya no fuese bastante dantesco el espectáculo de la toalla-Jackson, observo, para mi consternación que Munita NO SE DEPILA LAS AXILAS. 
Sí. Sus sobacos parecen vaginas feminista radicales. 
      ¡Qué espanto!  ¿Cómo puede una mujer de esa edad andar así, toda peluda por la vida?
Opino que la pobre, debería ser desconectada, por el bien de la humanidad y el de mis futuros amaneceres.
      Lo bueno es que en Chile sí hay guantes quirúrgicos; o sea, un problema menos.

sábado, 6 de octubre de 2012

QUERIDO DIARIO (07/10/12):



Con bastante consternación he visto como han vuelto a romper el acrílico blanco que divide las duchas finales de la hilara de baños de mi gimnasio.
Uno, que a pesar de su corta edad y escasa experiencia de la vida, siente profunda curiosidad por las acciones de las personas, se pregunta por qué han dañado otra vez esa parte de la ducha, justo a la altura promedio de los genitales.
Hoy, mientras me disponía a duchar mi virginal y jamás poseído cuerpo pos adolescente, una mano misteriosa entró por el agujero del baño, con la palma hacia arriba. La mano venía de la ducha contigua.
"Querrá jabón" - pensé, e inmediatamente le pasé del mío, pero la mano lo dejó caer como con desprecio.
"Querrá champú"- me dije, mientras le pasaba el frasco de mi marca favorita, la muy masculina 'Sedal para Cabello de Lolitas Morenas Teñidas de Rubio'.
La mano, desdeñosamente, despreció mi champú e hizo una extraña señal que no entendí en ese momento.
Luego, desapareció la mano y apareció un gigantesco pene circuncidado, el cual, por razones que tampoco no alcanzo a comprender, estaba erecto.
Como tenía la cabeza llena de champú (yo, no el pene), pensé que el gigantesco pene era de nuevo la mano y que al final, el individuo de al lado solo quería saludarme, así que le estreché vigorosamente la...mano.
Por fortuna -gracias a mi suspicacia- no tardé ni 40 minutos en dame cuenta de que aquello que estrechaba no era una mano, ni lo que había más atrás, un brazo venoso.
Debo admitir que otra vez he sido víctima de una broma de mal gusto, como el día en que echaron lava loza en el piso, para que resbalara y se me cayera el jabón delante de todos, en horario punta del mismo gym. Todavía me ven y se ríen en mi cara.
Claro, que más de uno se preguntará por qué me meto en las duchas con agujeros y no en las otras. La respuesta es simple: son las únicas dos duchas que tiene agua caliente; las otras solo dispensan agua fría en ambas llaves. O sea, que tendré que abrirme bien de entendederas la próxima vez que me duche. Sabe Dios qué puede salir por el nuevo agujero.
Lo que sí me queda claro es que a ese gimnasio van judíos...
El siguiente es un vídeo que resume lo contado. Espero te guste, Querido Diario. Esta es solo la primera de tres partes. Se Titula "LA TRAMPA CALIENTE 1"


QUERIDO DIARIO (04/10/12):



      Luego de haber dedicado 3 preciosas horas de mi vida a discutir -a través las redes sociales- de política, medio ambiente, ovejas negras, penes pequeños, educación, santería y dialéctica, me refugiaré en la tierna frivolidad el gimnasio.
      Allí nadie me discrimina por disentir de los otros, ya que nadie disiente de nadie.
Es el universo perfecto, en el que todos vamos a expresar el más puro narcisismo, sin mezclar las contingencias noticiosas, ni hacer alarde de conocerlas.
      Nadie se saluda y la interacción se reduce únicamente a preguntas del tipo "¿te falta mucho en esa banca?" o "¿podemos alternar las mancuernas?".
      El resto, ejercicios y largas sesiones de espejo. Te miras. Miras con el rabo (del ojo) a aquel que de la noche a la mañana aumentó 10 cm de bíceps y piensas, muy envidosamente: "Ese maricón se inyecta esteroides. No puede haber agrandado esos músculos así como así. Por eso terminan después con cáncer de hígado. Además, ¡es tan fea!".
      Luego, en la ducha, mientras el de al lado intenta correrte mano aprovechando el agujero de la pared, te preguntas si no deberías hacerte ayudar también por un par de pinchazos de Testosterona, Clembuterol, Boldenona o alguna otra cosita poca, así, como de vez en cuando, una par de veces por semana, en un ciclo corto de un semestre...
      Si tardas mucho en responder la pregunta, te habrán dado una mamada de aquellas, mientras tú, tranquilo, te volverás a enjabonar la pichula para no irte a casa con los restos de una boca extraña adherida al calzoncillo.
      Y así, relajado y fresco como una lechuga hidropónica, regresarás a la pantalla del PC, te conectarás de nuevo a las redes sociales y volverás a conversar tan amablemente como siempre con Cristián Munita, Eladio Andres Candia Gajardo, Roland Grainger; Ardilla Lujuriosa Discriminada, Rafaela Nuñileo, Anita Montrosis, Myriamyansik Palacios, Hugo Díaz González y otros (as).
Este mundo es un pañuelo...lleno de moco.



QUERIDO DIARIO (05/10/12):



      Hoy, mientras recorría el centro de la pulcra ciudad de Santiago, me detuve en varias farmacias para cotizar los precios de proteínas en polvo y de esos productos con los que engordo simultáneamente mis músculos, mi ego y sobre todo, mi frivolidad.
      La última farmacia a la que fui está ubicada en calle San Antonio con Monjitas, Santiago Centro. Eran 20:30 horas.
      Afuera, una pequeña, morena, desaliñada y fea meretriz de nacionalidad peruana (su aspecto me recordó a un tapir), le gritaba y pegaba cachetadas a una voluptuosa joven travesti, al parecer, de origen colombiano.
_ ¡De puta a maricón, te digo que te vayas de acá! - decía la ramera Tapir a voz en cuello.
_ ¿Por qué me tengo que ir? ¿porque a usted se le antoja? - respondió la travesti, cuidando de no desaliñar su discreto vestido rojo que flotaba entre la nube de cachetadas en insultos.
_ ¡De puta a maricón, que te vayas!
_ ¡Yo no soy maricón! - corrigió la trava roja - ¡Yo soy mujer!
_ ¡Si tienes pichula, eres maricón! ¡Mujer soy yo, que tengo vagina, no un culo negro como el tuyo!
_ ¿Dónde está La Piolina? -gritó la trava- ¡Ella me puso en esta esquina!
_ ¡No me importa! ¡Me paso por el culo a La Piolina! ¡Anda a buscarla! ¡Acá estamos nosotras, que somos mujeres de verdad! ¡Los maricones que se vayan a trabajar a otra parte!
      En ese momento reparé en que el público femenino que disfrutaba del patético show, estaba compuesto por otras meretrices, casi todas pasaditas de años, algo fláccidas, mal teñidas y vestidas por el estilista del Hogar de Cristo.
      A la mayoría las conozco; si bien no he requerido de sus servicios, suelen estar siempre en esa calle, captando clientes. De tan familiares que me resultan, las saludo cuando paso. Bueno, las saludaba, pues no creo que después de lo que ocurrió hoy pueda volver a pasar por esa calle sin riesgo para mi integridad física.
      Sí. Con esta manía que tengo de meterme en problemas, se me ocurrió preguntarle a una ramera muy mayor por qué pelaban, en lugar de compartir los espacios. La anciana comenzó a explicarme, en buenos términos, que esa esquina era de ellas, que los maricones puteaban más abajo, cerca del Mapocho.
      Todo iba bien, hasta que la trava de rojo salió como posesa, gritando por la calle San Antonio, mientras sostenía con una mano la peluca y con la otra los 15 litros de silicona de sus pechos:
_ ¡La Piolina! ¡Llamen a La Piolinaaaaaa! ¿Dónde está la piolinaaaaaa? ¡¡¡Piolinaaaaaaaa!!!!!
_ ¿La Piolina? -pregunté, aun con cierta compostura- ¿Quién se puede llamar La Piolina?
Acto seguido, más por los nervios que por otra cosa, sufrí un desafortunado ataque de carcajadas.
No tengo claro cuál de las rameras comenzó a gritarme primero. Creo que fue la Cara de Tapir.
_ ¿Y vos por que te reí, maricón culiao? ¿ Acaso te gusta el travesti que lo andas defendiendo?
_ ¡Si este es weco! - dijo despectivamente la ancianita puta que segundos antes era mi amiga y a la que siempre saludaba- Este lo he visto entrar al cine porno. Van puros maricones ahí.
_ ¿Yo? -pregunté desconcertado- ¿En un cine porno? ¡Jamás he visitado uno de esos sórdidos lugares, señora!
_ ¡Saaaaaale, weko culiao! ¿Te gusta la pichula, que le andai mirando al maricón vestido e mina? -gritó la ancianita bastante descompuesta, luego de chasquearme los dedos.
_ ¡Este debe ser cliente de La Piolina! -dijo La Tapir, señalándome con una de sus negras pezuñas- ¡Se le nota la cara de cafiche!
_ ¡Sapo conchetumare! -graznó otra ramera, diez veces más fea, vieja y gorda que todas las anteriores- ¡Andai puro cachando el mote pa irle con la wea a La Piolina!
_ ¡No tengo idea de qué habla, señora! ¡Tampoco tengo el gusto de conocer a esa Piolina que tanto mencionan!
_ ¡Vos, culiao, erí cafiche de La Piolina y te gastai parejo, que yo te he visto comiéndote maricones en el edificio Laura la Cabezona!
      Antes de que llegara siquiera a preguntarme quién era Laura la Cabezona, una mano me arrastró de un tirón hacia dentro de la farmacia. Era el guardia de seguridad, que inmediatamente bajó las cortinas metálicas. Lo hizo justo antes de que la turba de rameras me linchara por ser...cafiche de La Piolina, su amante, su soplón o quién sabe qué cosa, además de tener probados nexos con Laura la Cabezona.
      Otro día cuento como logré salir de la farmacia, pero juro por la inmaculada concepción que no conozco ni a La Piolina, ni a Laura la Cabezona.
      También juro por la virgen que jamás en la vida me he comido a un travesti, ni he entrado a uno de esos cines sicalípticos.
      ¡Que El Señor me castigue dando muerte de Cristián Munita si miento!