Hoy, mientras recorría el centro de la pulcra ciudad de
Santiago, me detuve en varias farmacias para cotizar los precios de proteínas
en polvo y de esos productos con los que engordo simultáneamente mis músculos,
mi ego y sobre todo, mi frivolidad.
La última farmacia a la que fui está ubicada en calle San
Antonio con Monjitas, Santiago Centro. Eran 20:30 horas.
Afuera, una pequeña, morena, desaliñada y fea meretriz de
nacionalidad peruana (su aspecto me recordó a un tapir), le gritaba y pegaba
cachetadas a una voluptuosa joven travesti, al parecer, de origen colombiano.
_ ¡De puta a maricón, te digo que te vayas de acá! - decía la
ramera Tapir a voz en cuello.
_ ¿Por qué me tengo que ir? ¿porque a usted se le antoja? -
respondió la travesti, cuidando de no desaliñar su discreto vestido rojo que
flotaba entre la nube de cachetadas en insultos.
_ ¡De puta a maricón, que te vayas!
_ ¡Yo no soy maricón! - corrigió la trava roja - ¡Yo soy
mujer!
_ ¡Si tienes pichula, eres maricón! ¡Mujer soy yo, que tengo
vagina, no un culo negro como el tuyo!
_ ¿Dónde está La Piolina? -gritó la trava- ¡Ella me puso en
esta esquina!
_ ¡No me importa! ¡Me paso por el culo a La Piolina! ¡Anda a
buscarla! ¡Acá estamos nosotras, que somos mujeres de verdad! ¡Los maricones
que se vayan a trabajar a otra parte!
En ese momento reparé en que el público femenino que
disfrutaba del patético show, estaba compuesto por otras meretrices, casi todas
pasaditas de años, algo fláccidas, mal teñidas y vestidas por el estilista del
Hogar de Cristo.
A la mayoría las conozco; si bien no he requerido de sus
servicios, suelen estar siempre en esa calle, captando clientes. De tan
familiares que me resultan, las saludo cuando paso. Bueno, las saludaba, pues
no creo que después de lo que ocurrió hoy pueda volver a pasar por esa calle
sin riesgo para mi integridad física.
Sí. Con esta manía que tengo de meterme en problemas, se me
ocurrió preguntarle a una ramera muy mayor por qué pelaban, en lugar de
compartir los espacios. La anciana comenzó a explicarme, en buenos términos,
que esa esquina era de ellas, que los maricones puteaban más abajo, cerca del
Mapocho.
Todo iba bien, hasta que la trava de rojo salió como posesa,
gritando por la calle San Antonio, mientras sostenía con una mano la peluca y
con la otra los 15 litros de silicona de sus pechos:
_ ¡La Piolina! ¡Llamen a La Piolinaaaaaa! ¿Dónde está la
piolinaaaaaa? ¡¡¡Piolinaaaaaaaa!!!!!
_ ¿La Piolina? -pregunté, aun con cierta compostura- ¿Quién
se puede llamar La Piolina?
Acto seguido, más por los nervios que por otra cosa, sufrí
un desafortunado ataque de carcajadas.
No tengo claro cuál de las rameras comenzó a gritarme
primero. Creo que fue la Cara de Tapir.
_ ¿Y vos por que te reí, maricón culiao? ¿ Acaso te gusta el
travesti que lo andas defendiendo?
_ ¡Si este es weco! - dijo despectivamente la ancianita puta
que segundos antes era mi amiga y a la que siempre saludaba- Este lo he visto
entrar al cine porno. Van puros maricones ahí.
_ ¿Yo? -pregunté desconcertado- ¿En un cine porno? ¡Jamás he
visitado uno de esos sórdidos lugares, señora!
_ ¡Saaaaaale, weko culiao! ¿Te gusta la pichula, que le
andai mirando al maricón vestido e mina? -gritó la ancianita bastante
descompuesta, luego de chasquearme los dedos.
_ ¡Este debe ser cliente de La Piolina! -dijo La Tapir,
señalándome con una de sus negras pezuñas- ¡Se le nota la cara de cafiche!
_ ¡Sapo conchetumare! -graznó otra ramera, diez veces más
fea, vieja y gorda que todas las anteriores- ¡Andai puro cachando el mote pa
irle con la wea a La Piolina!
_ ¡No tengo idea de qué habla, señora! ¡Tampoco tengo el
gusto de conocer a esa Piolina que tanto mencionan!
_ ¡Vos, culiao, erí cafiche de La Piolina y te gastai
parejo, que yo te he visto comiéndote maricones en el edificio Laura la
Cabezona!
Antes de que llegara siquiera a preguntarme quién era Laura
la Cabezona, una mano me arrastró de un tirón hacia dentro de la farmacia. Era
el guardia de seguridad, que inmediatamente bajó las cortinas metálicas. Lo
hizo justo antes de que la turba de rameras me linchara por ser...cafiche de La
Piolina, su amante, su soplón o quién sabe qué cosa, además de tener probados
nexos con Laura la Cabezona.
Otro día cuento como logré salir de la farmacia, pero juro
por la inmaculada concepción que no conozco ni a La Piolina, ni a Laura la
Cabezona.
También juro por la virgen que jamás en la vida me he comido
a un travesti, ni he entrado a uno de esos cines sicalípticos.
¡Que El Señor me castigue dando muerte de Cristián Munita si
miento!

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